Cortesía
Corrió bajo la
lluvia. Deseó haberse puesto unos zapatos bajos, para poder hacerlo más rápido,
con más libertad. Se aprontó al ascensor, que ya estaba abierto por una mano
masculina.
-Buenos días.
-Buenos días.
Ella cerró la
puerta del cubículo.
-¿Piso?- oyó.
-Ocho- dijo.
Gracias.
La mano,
fuerte, marcó dos números en el panel. Había salido de las mangas de un saco
negro perfectamente calzado en un cuerpo como cualquier guante- pensó ella-,
calzaría en esos cinco perfectos dedos varoniles. Un rostro de por sí luminoso
la miró bajo la estridencia de las dicroicas que adornaban el cuboide espejado.
Él sonrió
cuando le dijo:
-Llueve mucho,
¿no?
Ella agachó
levemente la cabeza repitiendo un mohín que llevaba reiterando desde la
infancia, cuando le copiaba a su padre sus gestos frente al retrovisor.
-Sí, afuera
cae un diluvio.
Un perfume a
violetas, naciendo del pañuelo que la mujer llevaba al cuello, se esparcía
entremezclándose con un aroma a sándalo y madera que provenía de la camisa
impecable del caballero.
Ella empezó a
pensar en una cama llena de pieles, y colocó en su escenario, alentada por el
frío mojado que trepaba desde sus rodillas empapadas por la lluvia, ese rostro
sensual que desafiaba la gravedad del otro lado de la cabina, e imaginó que
debajo de la ropa habría una escultura humana dispuesta a protagonizar su sueño
templado por el deseo.
Él también
creó su escenografía mentalmente, aunque no primaran tantos detalles, sino
apenas la centralidad del erotismo que esa figura le provocaba. Por supuesto,
desnuda. Por supuesto, en estéreo. Por supuesto, entregada a su placer.
Cualquiera que
los viera, al entrar allí, hubiera visto dos figuras de mármol, en un ambiente
decididamente raro, con menos oxígeno del habitual. Esto, sin generar mayores
impresiones. Ambos eran conscientes de su extrañeza y de la atracción singular
que el otro le despertaba, pero ignoraban que era mutuo; ignoraban que el
volcán de las pasiones se alistaba para estallar entre ellos.
Llegaron al
seis. Él sonrió giocondamente.
-Chau. Buen
viaje.
Ella apenas
levantó la vista para ver unos ojos que nunca más estarían al alcance de los
suyos. Pensó: “Qué ojos negros tan azules”.
- Gracias. Que
tenga un buen día.
-¿Yo? Ya lo
estoy teniendo. Igual para usted.
Su pequeña y
temblorosa mano cerró la puerta desde adentro. Su boca, entretanto, imitaba el
esbozo de una sonrisa tensa. A él le pareció que el tiempo se detenía en esos
labios, y por un momento creyó que su corazón le saltaría por la boca.
Los lustrosos
zapatos del hombre bajaron las escaleras lentamente. Tres pisos pisando apenas
el suelo. Pensó: “¡Qué belleza!” y quedó todo el día adherido a la idea de esas
piernas torneadas enroscándose en su cintura.
Durante meses,
tomaron el ascensor a la misma hora. Nunca más se vieron.
Nunca sabrán
quién era ese hombre o esa mujer. Nunca podrán recrear la escena más erótica de
sus vidas. Nunca volverá ella a ver esos ojos decididamente negros que le
recordaron las olas. Nunca volverá él a oír el latido ahogado y sordo, como
galopante, de su propio corazón en una loca carrera inmóvil como la de esa
mañana.
Y todo porque,
en el magnetismo irrespirable de esa caja espejada, un reloj adelantó dos
minutos.
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