viernes, 15 de febrero de 2013


Cortesía

Corrió bajo la lluvia. Deseó haberse puesto unos zapatos bajos, para poder hacerlo más rápido, con más libertad. Se aprontó al ascensor, que ya estaba abierto por una mano masculina.
-Buenos días.
-Buenos días.
Ella cerró la puerta del cubículo.
-¿Piso?- oyó.
-Ocho- dijo. Gracias.
La mano, fuerte, marcó dos números en el panel. Había salido de las mangas de un saco negro perfectamente calzado en un cuerpo como cualquier guante- pensó ella-, calzaría en esos cinco perfectos dedos varoniles. Un rostro de por sí luminoso la miró bajo la estridencia de las dicroicas que adornaban el cuboide espejado.
Él sonrió cuando le dijo:
-Llueve mucho, ¿no?
Ella agachó levemente la cabeza repitiendo un mohín que llevaba reiterando desde la infancia, cuando le copiaba a su padre sus gestos frente al retrovisor.
-Sí, afuera cae un diluvio.
Un perfume a violetas, naciendo del pañuelo que la mujer llevaba al cuello, se esparcía entremezclándose con un aroma a sándalo y madera que provenía de la camisa impecable del caballero.
Ella empezó a pensar en una cama llena de pieles, y colocó en su escenario, alentada por el frío mojado que trepaba desde sus rodillas empapadas por la lluvia, ese rostro sensual que desafiaba la gravedad del otro lado de la cabina, e imaginó que debajo de la ropa habría una escultura humana dispuesta a protagonizar su sueño templado por el deseo.
Él también creó su escenografía mentalmente, aunque no primaran tantos detalles, sino apenas la centralidad del erotismo que esa figura le provocaba. Por supuesto, desnuda. Por supuesto, en estéreo. Por supuesto, entregada a su placer.
Cualquiera que los viera, al entrar allí, hubiera visto dos figuras de mármol, en un ambiente decididamente raro, con menos oxígeno del habitual. Esto, sin generar mayores impresiones. Ambos eran conscientes de su extrañeza y de la atracción singular que el otro le despertaba, pero ignoraban que era mutuo; ignoraban que el volcán de las pasiones se alistaba para estallar entre ellos.
Llegaron al seis. Él sonrió giocondamente.
-Chau. Buen viaje.
Ella apenas levantó la vista para ver unos ojos que nunca más estarían al alcance de los suyos. Pensó: “Qué ojos negros tan azules”.
- Gracias. Que tenga un buen día.
-¿Yo? Ya lo estoy teniendo. Igual para usted.
Su pequeña y temblorosa mano cerró la puerta desde adentro. Su boca, entretanto, imitaba el esbozo de una sonrisa tensa. A él le pareció que el tiempo se detenía en esos labios, y por un momento creyó que su corazón le saltaría por la boca.
Los lustrosos zapatos del hombre bajaron las escaleras lentamente. Tres pisos pisando apenas el suelo. Pensó: “¡Qué belleza!” y quedó todo el día adherido a la idea de esas piernas torneadas enroscándose en su cintura.
Durante meses, tomaron el ascensor a la misma hora. Nunca más se vieron.
Nunca sabrán quién era ese hombre o esa mujer. Nunca podrán recrear la escena más erótica de sus vidas. Nunca volverá ella a ver esos ojos decididamente negros que le recordaron las olas. Nunca volverá él a oír el latido ahogado y sordo, como galopante, de su propio corazón en una loca carrera inmóvil como la de esa mañana.
Y todo porque, en el magnetismo irrespirable de esa caja espejada, un reloj adelantó dos minutos. 

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